
Esta es la primera obra del joven monje Nhat Hanh, publicada por la editorial Long Giang de Saigón en 1950. Se trata de una colección de poemas, entre ellos el que el autor compuso a los doce años. La obra original se perdió durante la guerra y se ha reconstruido en su mayor parte, a partir de detalles obtenidos de las confidencias del autor.

Fotografía de 1948-1949, época de composición de la mayoría de los poemas de este poemario.

La Editorial Long Giang de Saigón publicó en su momento Flauta en el Crepúsculo de Otoño.
Recuerdo los días en que viajaba desde la Pagoda Hưng Đạo hasta la imprenta para corregir las pruebas antes de la impresión. Íbamos en un coche tirado por caballos, llamado xe thổ mộ. En aquellos tiempos no había autobuses. Subíamos al carro, levantábamos los pies y poníamos las sandalias sobre una barra. Se podían sentar juntas cinco o seis personas. Encima de nosotros había palos, canastos y jaulas de gallinas, todo amontonado. El trayecto costaba un dong vietnamita por viaje: uno para ir, otro para volver.
Aquel día fui a revisar las pruebas estando enfermo y con fiebre. Tenía hambre. Planeaba detenerme en el restaurante vegetariano Tín Nghĩa para comerme un cuenco de gachas de setas. Quería ponerle mucha pimienta para que estuvieran bien calientes y sudar un poco, esperando así sentir alivio. Tenía cinco dongs en el bolsillo. Pensé: si las gachas cuestan tres dongs, aún me quedará uno para el carro de regreso al templo. Así que caminé desde la imprenta hasta el restaurante Tín Nghĩa.
El restaurante Tín Nghĩa sigue existiendo hoy en la Ciudad de Ho Chi Minh. Si algún día vas, todavía puedes visitarlo.
Aquel día, me sirvieron el cuenco de gachas humeante. Me sentí feliz sólo de ver el vapor elevarse. Tomé el bote de pimienta para espolvorear un poco en el cuenco. ¡Mala suerte! Probablemente los agujeros estaban obstruidos, y la persona que lo había usado antes que yo, había quitado la tapa para verterla directamente. Cuando terminó, no la había cerrado bien. Así que cuando intenté sacudir el bote suavemente, la tapa cayó en mi cuenco junto con medio bote de pimienta.
Con tanta pimienta, ¿cómo iba a comer las gachas? Tomé la cuchara e intenté sacar la pimienta, con la esperanza de salvar al menos dos tercios del cuenco. Pero la mano me temblaba y, en lugar de eso, la mezclé más. Así que me senté y lo acepté. Aquel cuenco de gachas de setas se perdió. Si la hermana Trai Nghiêm hubiera estado allí, sin duda me habría comprado otro cuenco. Pero aún no había nacido. Y así, ese cuenco de gachas se convirtió en leyenda. Me fui con un dong en el bolsillo, justo lo necesario para el carro de regreso a la pagoda.
Eso ocurrió hacia 1950, pero lo recuerdo como si fuera ayer.
Muchos años después, en 2008, durante mi viaje de regreso a Vietnam para la Celebración Internacional de Vesak organizada por las Naciones Unidas, tuve tiempo para visitar aquel viejo lugar. ¡Qué suerte! Encontré nuevamente el restaurante. Los antiguos dueños ya no estaban, claro, pero sus hijos y nietos —quizás la tercera generación— seguían allí. Las gachas de setas ya no figuraban en el menú. Ahora servían platos más refinados y caros. Parece que ya casi nadie come gachas de setas.
Pero ocurrió algo maravilloso. La mesa donde elegí sentarme era la misma en la que me había sentado hacía tanto tiempo. Levanté el mantel de plástico y vi la vieja mesa de madera debajo. Todas las demás, habían sido reemplazadas por mesas de plástico nuevas. Solo esa permanecía de las antiguas mesas. Me senté en ella.
Le pedí a la dueña si podía quitar el mantel y tocar la mesa antigua, la de hacía sesenta años. Ella accedió amablemente. Le pedí un cuenco de gachas de setas. Me dijo que ya no preparaban ese plato, pero, al escuchar la historia del pasado, se alegró de entrar en la cocina y prepararlo especialmente para mí.
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Autor
Thich Nhat Hanh
Editora
Lá Bối
Publicado
1949
Páginas